Cuando el poder decide qué pueden escuchar los vecinos
En el último Pleno municipal, el alcalde, D. Santiago, decidió excluir de la grabación televisada las intervenciones de los vecinos. Precisamente las voces más incómodas: las que preguntan, denuncian y cuestionan la gestión municipal.
D. Santiago
debería saber que la ley reconoce la participación ciudadana y el carácter
público de las sesiones plenarias. Y el propio Ayuntamiento dispone de un portal
oficial de video actas donde aparecen incluso las intervenciones de los “Vecinos
de Valdemorillo”.
Entonces, la
pregunta es inevitable: si las intervenciones vecinales se registran y
publican habitualmente, ¿por qué en este Pleno han desaparecido precisamente
las voces críticas?
La
transparencia no puede ser una ventana que el poder abre o cierra a
conveniencia. No corresponde al alcalde decidir qué parte de la voz de los
vecinos puede conocer el resto del pueblo. Porque cuando se silencian de la
difusión pública las palabras incómodas, ya no hablamos únicamente de una
grabación: hablamos del derecho de los ciudadanos a saber qué ocurre en su
Ayuntamiento.
Y la pregunta
que queda sobre la mesa es contundente: ¿quién ha decidido que los vecinos
pueden hablar, pero que el resto del pueblo no tiene derecho a escucharlos?
Profesor, el poder termina sacando a la luz las verdaderas prioridades de algunos. Y con nuestro alcalde, cada vez da más la impresión de que los vecinos han pasado a un segundo plano.
ResponderEliminarLo más indignante es que el problema no parece limitarse a un solo partido. Da la sensación de que buena parte de la clase política está más preocupada por tocar poder, conservar el sillón y repartirse cuotas de influencia que por escuchar y resolver los problemas de quienes les han votado.
Los vecinos cuentan cuando llegan las elecciones; después, nuestros votos parecen convertirse en un cheque en blanco. Se nos pide confianza, se prometen soluciones y, una vez conseguido el poder, muchos se olvidan de quién les puso ahí.
Y qué decir de quienes un día militan en un partido y, cuando cambian las circunstancias, aparecen en otro. Para el ciudadano resulta difícil no preguntarse qué pesa más: las convicciones o las posibilidades de seguir ocupando un cargo.
Al final, queda una sensación muy preocupante: demasiados parecen entender la política como una carrera para alcanzar el poder y obtener su parte del pastel, mientras los vecinos quedan reducidos a meros votantes cada cuatro años. Y eso, si queremos recuperar la confianza en las instituciones, debería hacernos reflexionar a todos.