Carta abierta a mi amigo Andrés, ahora lejos, pero aquí

 Querido Andrés:

En el pasado Pleno estuve presente y, durante una buena parte de la sesión,  buscándote entre las pocas personas que estábamos allí. Miraba de un lado a otro, casi con la esperanza de encontrarte en alguno de esos lugares que tantas veces ocupaste y desde los que tantas veces te escuché intervenir.

Pero no estabas.

Y tu ausencia se notó.

Quizá porque hay personas cuya presencia termina formando parte del paisaje cotidiano hasta el punto de que, cuando faltan, uno comprende de verdad el espacio que ocupaban. Tú eras una de esas personas.

No sé si tu ausencia tiene que ver con esa inevitable circunstancia de la vida que nos recuerda que nos vamos haciendo mayores. Supongo que, con los años, todos vamos dejando atrás algunas cosas que durante mucho tiempo fueron importantes para nosotros. Y es una pena. Una pena enorme.

Porque muchas de nuestras aficiones, de nuestras costumbres, de aquellas pequeñas cosas que daban sentido a nuestros días y que formaban parte de nuestra vida, terminan quedando atrás por las circunstancias de la edad. A veces no porque dejemos de quererlas, sino porque la vida va poniendo obstáculos donde antes solamente había ganas.

Y quizá eso sea también hacerse mayor: aprender a vivir con las ausencias, con las limitaciones y con los recuerdos de aquello que fuimos.

Pero quiero que sepas una cosa, Andrés: aunque estés lejos, sigues estando aquí.

Estás en los recuerdos. Estás en las conversaciones. Estás en aquellas sesiones del Pleno en las que tu voz se hacía escuchar. Estás en las discusiones, en las discrepancias, en las bromas y también en esos momentos en los que, aun pensando de manera diferente, uno sabía que al otro lado había una persona con la que se podía hablar.

Porque tú eras, y sigues siendo para mí, un personaje imprescindible.

Y digo personaje en el mejor sentido de la palabra. Porque tenías personalidad. Tenías criterio. Tenías una manera propia de mirar las cosas y, sobre todo, tenías algo que considero cada vez más difícil de encontrar en política: capacidad para pensar por ti mismo.

Eras de derechas. Yo no.

Y precisamente por eso tiene todavía más valor decir lo que voy a decir.

Fuiste capaz de ejercer una crítica inteligente al Gobierno cuando considerabas que estaba haciendo las cosas mal. Y, créeme, oportunidades para criticar no han faltado.

Pero lo importante no era que criticase. Lo importante era que muchas veces lo hacías desde el convencimiento de que la política municipal debería servir para algo más que para defender unas siglas.

Podíamos estar en posiciones ideológicas diferentes y, sin embargo, coincidir en algo fundamental: el interés del pueblo debería estar por encima de cualquier partido.

Ahí es donde, para mí, está la verdadera política.

Porque los partidos son necesarios, sí. Pero también tienen sus intereses, sus estrategias, sus equilibrios y sus propias decisiones. Y demasiadas veces quienes están dentro de esas estructuras terminan olvidando que detrás de cada decisión hay personas.

Personas que esperan que sus representantes hagan algo más que ocupar un puesto, cobrar a final de mes y seguir las instrucciones de quien corresponda. La política debería exigir vocación. Vocación de servicio. Capacidad.Honradez. Criterio. 

Y también valentía para decirle a los tuyos que se están equivocando cuando realmente crees que se están equivocando.

Por eso siempre he pensado que una persona de derechas con criterio y vocación de servicio puede merecer mucho más respeto político que alguien de izquierdas que simplemente repite las consignas de su partido.

Y lo digo desde mi propia posición: yo soy una persona de izquierdas, claramente y por vocación.

Pero eso no me impide reconocer los méritos de alguien que piensa diferente.

Al contrario.

Quizá precisamente porque pensamos diferente, cuando encontramos puntos de coincidencia esos puntos tienen todavía más valor.

Si algún día apareciera un hombre de derechas capaz de gobernar pensando realmente en el pueblo, que tuviera criterio propio, que supiera escuchar, que aceptara la crítica y que colocara el interés general por encima de cualquier interés partidista o personal, yo podría votarle.

Y no tendría ningún problema en reconocerlo Porque antes que las siglas están las personas Antes que los partidos está el pueblo.

Y antes que cualquier carrera política debería estar la vocación de servicio.

También por eso me preocupa ver cómo, en ocasiones, la política municipal parece convertirse en una cuestión de posiciones, de cargos y de supervivencia política. Y esto no es exclusivo de un partido. El PSOE también ha cometido errores y ha decepcionado muchas veces a quienes esperaban de él otra forma de hacer política.

Pero precisamente por eso creo que la ciudadanía tiene derecho a exigir más. Mucho más.

Tiene derecho a pedir representantes que no se limiten a estar. 

  1. Que hagan.
  2. Que escuchen.
  3. Que trabajen.
  4. Que tengan criterio.

Y que, cuando llegue el momento, sean capaces de decir que no incluso cuando ese no pueda costarles políticamente.

Quizá por eso tu ausencia en aquel Pleno me hizo pensar tanto No solamente porque faltaras tú.

Por eso esta carta no pretende hablar solamente del político, del concejal o de aquel hombre de derechas con el que tantas veces pude discrepar.

  • Pretende hablar del amigo.
  • Del compañero de tantas conversaciones.
  • Del hombre que, desde sus convicciones, defendía su manera de entender las cosas.
  • Y del amigo al que, cuando no está, uno busca entre la gente casi sin darse cuenta.
  • Te busqué en aquel Pleno.
  • No estabas.
  • Pero, mientras escribo estas palabras, comprendo que quizá no hacía falta encontrarte allí.
  • Porque estabas en otro sitio.
  • Estabas en el recuerdo.
  • Estabas en todo aquello que compartimos.
  • Y estabas, como sigues estando, aquí.
  • Aunque ahora estés lejos.

Un abrazo, Andrés.

De tu amigo.

Comentarios

  1. Jesús: que precioso y merecido reconocimiento has escrito para nuestro querido Andrés. Me reconozco en muchos de los sentimientos que describes, y comparto contigo ese echarle de menos en los Plenos, pero notar que está. Una persona de principios y ecuánime, capaz tanto de reconocer como de ejercer la crítica a la gestión de "los suyos". No debe ser fácil no dejarse arrastrar a la "trinchera política" de turno. Hoy más que nunca, hacen falta personas como Andrés. ¡Gracias a los dos!

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  2. Jesús, Jesús... Me he despertado intentando pensar, algo sensato, para contestar tu carta. La ha leído mi hija y me suelta: "Cualquiera que lea esto, va a pensar que estás muerto". Pues, no, aunque cada día, desde que nacemos, nos estamos muriendo, a estas alturas, parece que aceleramos un poco.
    A lo que voy. Jesús, difícilmente podré olvidar la despedida que me dieron de mis amigos y compañeros del Partido Popular de Valdemorillo, alguno de Villanueva de la Cañada y de otros sitios. Después de la guerra que les he dado, tiene mucho mérito. Ahora, un “Hombre”, que se confiesa de izquierdas y que no milita en ningún partido político, me escribe estas cosas. Para bien o para mal, heredé de mi padre una costumbre, la de decirle al “Jefe” lo que pensaba de lo que hacíamos o íbamos a hacer.
    Desde hace algún tiempo, se viene diciendo que, hablar de izquierdas y de derechas, no tiene sentido hoy día. Para mí, si lo tiene: Define perfectamente la situación política a la que, cada uno, se asemeja o le asemejan... "Todo depende del color del cristal con que se mira". Ya veis, estamos todos en el mismo saco y, sin embargo, hay algunos temas de los que no hablamos entre nosotros, que preferimos no tocar, seguramente por miedo a perder algo de aquello que es bueno y que tenemos en común.
    Antes de ayer, a la puesta del sol, volvíamos de nuestro paseo, a mitad de la calle principal de Galdakao, había unas veinte o treinta personas con una pancarta. La curiosidad me llevó hasta ellos, como no entendí lo que ponía en la pancarta, le dije a una de las dos Señoras, mayores, de mi edad o cerca: “No entiendo nada, ¿Por qué estáis aquí?”. Con una sonrisa amable me explicó: “Para que suelten a los presos que llevan treinta años en la cárcel”. Alguien añadió: “Es cosa de vascos”. “Ah, bueno”, contesté y nos fuimos. A unos pasos, mi hija me suelta: “He cruzado los dedos para que no contestases”. Me quedé con las ganas, no me salió nada en ese instante, debiera haberle dicho: “Señora, entiendo que cualquier madre, por el hecho de serlo, tenga la necesidad de pedir esa libertad”, También hubiera podido añadir, algo que más de uno podría decir, cómo: “Lo siento por Usted, Señora, pero ellos están en la cárcel, y mi hijo y mi nieto están enterrados, hace más de treinta años”.
    A mis ochenta y dos años, no dejo de preguntarme: ¿Dónde está nuestra España? ¿Qué hemos hecho con ella? Desde la Agenda 20-30 y el COVID, me ha dado por pensar que, en esta vida, somos como títeres, mueven nuestros hilos, cuatro o cuatro mil, que tienen mucha “pasta”, mucho poder y no se conforman con ello, se pelean entre ellos y, en vez de pensar que, mejorando nuestras vidas, les iría mejor, piensan que ganan más, haciéndonos la puñeta.
    Volvamos al consenso. Jesús, déjame terminar como si estuviéramos en una “queimada” de esas en las que, antes de encender el fuego, leo su CONXURO y añado: Amigos, esto, que parece propio de una fiesta pagana, termina diciendo:
    Forzas do ar, mar e fume,
    a vos fago esta chamada,
    si e verdade que tendes
    mais poder ca humana xente,
    eiqui e agora
    facede cos espritos
    dos amigos que están fora,
    participen con nos desta queimada.

    Y pregunto, si esto, no es una “comunión de todos los santos” ¿Qué es? Seguimos juntos, es lo que importa.
    Pasadlo bien. Andrés

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