El Ayuntamiento no es una agencia de colocación política
Cuando un alcalde o un concejal convierte la
política municipal en su modo de vida, tenemos un problema. Y no, no hablamos
de que cobren un sueldo. Si trabajan, es razonable que cobren. El problema
aparece cuando empiezan a necesitar el cargo como quien necesita el oxígeno: sin
sillón no hay sueldo, sin sueldo no hay tranquilidad y sin tranquilidad se
acaba aquello tan bonito de “servir a los vecinos”.
·
La primera puede ser vocación.
·
La segunda puede acabar siendo u
Y eso, para algunos, debe de ser una auténtica
pesadilla.
Porque cuando el cargo deja de ser una
responsabilidad temporal y se convierte en el modo habitual de ganarse la vida,
la prioridad cambia. Ya no se trata solamente de hacer lo correcto. Hay que
hacer lo que permita seguir sentado.
Y ahí comienza el espectáculo.
Una decisión necesaria pero impopular se
convierte en “algo que debemos analizar”.
·
Una crítica se interpreta como una campaña de
desprestigio.
·
Una pregunta incómoda se considera una falta de
respeto. Un error se transforma en “una cuestión de interpretación”.
·
Y una oposición que hace exactamente lo que debe
hacer oponerse— pasa a ser poco menos que una amenaza para la estabilidad del
universo.
Porque, claro, gobernar es muy complicado.
Mucho más complicado cuando uno empieza a
preguntarse qué ocurriría si mañana deja de gobernar. Entonces aparecen las
prioridades.
·
Primero, mantener el apoyo.
·
Después, mantener al equipo.
·
Luego, mantener las alianzas.
·
Y, si queda algo de tiempo, ya si eso nos
ocupamos del municipio.
Porque el interés general es importantísimo,
siempre que no interfiera con la siguiente campaña electoral.
En un Ayuntamiento así, los problemas tienen una
curiosa capacidad para sobrevivir.
·
Algunos duran meses.
·
Otros años.
·
Y los hay que envejecen con una dignidad
admirable mientras pasan de legislatura en legislatura como el asunto de las
urbanizaciones.
Eso sí: para las fotografías siempre hay tiempo.
Una inauguración, una reunión, una visita, una
bandera, una sonrisa y, por supuesto, una nota de prensa.
Porque en política municipal hay cosas que se
solucionan trabajando y otras que se solucionan comunicando que se está
trabajando.
Y no es lo mismo.
En Valdemorillo, además, tenemos el ingrediente
perfecto para que todo esto sea todavía más entretenido: nos conocemos
prácticamente todos.
Aquí nadie es un desconocido. Aquí sabemos quién
es amigo de quién, quién estuvo con quién, quién se lleva bien con quién y
quién dejó de llevarse bien con quién antes incluso de que algunos descubrieran
las redes sociales.
Y eso, llevado al terreno político, puede ser una
maravilla. Porque cuando todo el mundo se conoce, es mucho más fácil que la
política termine confundiendo amistad con lealtad, lealtad con fidelidad y
fidelidad con obediencia.
Y entonces aparece el pequeño intercambio de
favores, apoyos, silencios y sonrisas. Nada serio, por supuesto. Todo
perfectamente institucional. Tanto que a veces cuesta distinguir el
Ayuntamiento de una comida familiar en la que todos saben quién debe sentarse
al lado de quién.
Pero hay algo que convendría recordar, aunque
resulte incómodo:
EL AYUNTAMIENTO NO ES DE QUIEN LO
GOBIERNA.
No es propiedad del alcalde. ni de los concejales,
ni del partido.
Y desde luego no es propiedad de quienes llevan
tantos años viviendo alrededor del poder que ya parecen tener derecho de
usufructo como Dña Pilar.
EL AYUNTAMIENTO PERTENECE A LOS
VECINOS.
·
A los que votaron al Gobierno.
·
A los que votaron a la oposición.
·
A los que votaron en blanco.
·
A los que no votaron.
Y también a ese vecino que pregunta dónde está el
dinero y que, por alguna razón, siempre acaba siendo considerado: problemático.
Un cargo público debería ser una responsabilidad
temporal. Significa que empieza y termina.
No significa que uno entra al Ayuntamiento, se
acostumbra al sueldo, se acostumbra al despacho, se acostumbra a las cámaras,
se acostumbra a las felicitaciones y, cuando llega la posibilidad de tener que
marcharse, descubre súbitamente que la política es una vocación de toda la
vida.
Qué coincidencia tan conveniente.
Porque cuando alguien sabe que tiene que volver
algún día a su vida anterior, gobierna de otra manera.
·
Puede decir que no.
·
Puede tomar decisiones impopulares.
·
Puede reconocer que se ha equivocado.
·
Puede mandar a paseo a quien corresponda cuando
toca.
·
Y puede escuchar a la oposición sin sufrir un
ataque de ansiedad institucional.
Pero cuando alguien piensa que perder el cargo
equivale a perderlo todo, entonces cambia el asunto.
Ya no gobierna solamente para solucionar
problemas.
Gobierna para sobrevivir políticamente.
Y eso es peligrosísimo.
Porque entonces cada decisión lleva una
calculadora electoral incorporada.
·
¿Esto nos da votos?
·
¿Esto nos quita votos?
·
¿Quién se enfada?
·
¿Quién deja de apoyarnos?
·
¿Quién puede hacernos daño?
·
¿A quién tenemos que llamar?
·
¿A quién conviene no molestar?
Y mientras se hacen todas esas cuentas, el
interés general puede ir tranquilamente esperando en la puerta.
¿QUEREMOS POLÍTICOS QUE VENGAN A
SERVIR AL MUNICIPIO O POLÍTICOS QUE NECESITEN EL MUNICIPIO PARA VIVIR?
La diferencia no es pequeña. Es enorme. Porque
quien viene a servir sabe que un día tendrá que marcharse. Quien necesita el
cargo hará todo lo posible para quedarse.
Y cuando quedarse se convierte en la prioridad,
aparecen los silencios, los favores, las excusas, las fotos, las alianzas
imposibles y esa maravillosa capacidad política para convertir cualquier
fracaso en una “oportunidad de mejora”.
EN VALDEMORILLO TENEMOS UN CATÁLOGO
BASTANTE COMPLETO.
Tenemos a quienes gobiernan y parecen haber
descubierto que el poder tiene una propiedad extraordinaria: cuando uno se
acostumbra a él, empieza a parecer imprescindible.
PORQUE UNA COSA ES VIVIR PARA LA POLÍTICA Y OTRA,
BASTANTE DISTINTA, VIVIR DE ELLA.
·
La primera puede ser vocación.
·
La segunda puede acabar siendo una profesión con
una peculiaridad extraordinaria: el jefe es el elector y puede despedirte
cada cuatro años.
Y eso, para algunos, debe de ser una auténtica
pesadilla.
Porque cuando el cargo deja de ser una
responsabilidad temporal y se convierte en el modo habitual de ganarse la vida,
la prioridad cambia. Ya no se trata solamente de hacer lo correcto. Hay que
hacer lo que permita seguir sentado.
Y ahí comienza el espectáculo.
Una decisión necesaria pero impopular se
convierte en “algo que debemos analizar”.
·
Una crítica se interpreta como una campaña de
desprestigio.
·
Una pregunta incómoda se considera una falta de
respeto. Un error se transforma en “una cuestión de interpretación”.
·
Y una oposición que hace exactamente lo que debe
hacer —oponerse— pasa a ser poco menos que una amenaza para la estabilidad del
universo.
Porque, claro, gobernar es muy complicado.
Mucho más complicado cuando uno empieza a
preguntarse qué ocurriría si mañana deja de gobernar. Entonces aparecen las
prioridades.
·
Primero, mantener el apoyo.
·
Después, mantener al equipo.
·
Luego, mantener las alianzas.
·
Y, si queda algo de tiempo, ya si eso nos
ocupamos del municipio.
Porque el interés general es importantísimo,
siempre que no interfiera con la siguiente campaña electoral.
En un Ayuntamiento así, los problemas tienen una
curiosa capacidad para sobrevivir.
·
Algunos duran meses.
·
Otros años.
·
Y los hay que envejecen con una dignidad
admirable mientras pasan de legislatura en legislatura como el asunto de las
urbanizaciones.
Eso sí: para las fotografías siempre hay tiempo.
Una inauguración, una reunión, una visita, una
bandera, una sonrisa y, por supuesto, una nota de prensa.
Porque en política municipal hay cosas que se
solucionan trabajando y otras que se solucionan comunicando que se está
trabajando.
Y no es lo mismo.
En Valdemorillo, además, tenemos el ingrediente
perfecto para que todo esto sea todavía más entretenido: nos conocemos
prácticamente todos.
Aquí nadie es un desconocido. Aquí sabemos quién
es amigo de quién, quién estuvo con quién, quién se lleva bien con quién y
quién dejó de llevarse bien con quién antes incluso de que algunos descubrieran
las redes sociales.
Y eso, llevado al terreno político, puede ser una
maravilla. Porque cuando todo el mundo se conoce, es mucho más fácil que la
política termine confundiendo amistad con lealtad, lealtad con fidelidad y
fidelidad con obediencia.
Y entonces aparece el pequeño intercambio de
favores, apoyos, silencios y sonrisas. Nada serio, por supuesto. Todo
perfectamente institucional. Tanto que a veces cuesta distinguir el
Ayuntamiento de una comida familiar en la que todos saben quién debe sentarse
al lado de quién.
Pero hay algo que convendría recordar, aunque
resulte incómodo:
EL AYUNTAMIENTO NO ES DE QUIEN LO
GOBIERNA.
No es propiedad del alcalde. ni de los concejales,
ni del partido.
Y desde luego no es propiedad de quienes llevan
tantos años viviendo alrededor del poder que ya parecen tener derecho de
usufructo como Dña Pilar.
EL AYUNTAMIENTO PERTENECE A LOS
VECINOS.
·
A los que votaron al Gobierno.
·
A los que votaron a la oposición.
·
A los que votaron en blanco.
·
A los que no votaron.
Y también a ese vecino que pregunta dónde está el
dinero y que, por alguna razón, siempre acaba siendo considerado: problemático.
Un cargo público debería ser una responsabilidad
temporal. Significa que empieza y termina.
No significa que uno entra al Ayuntamiento, se
acostumbra al sueldo, se acostumbra al despacho, se acostumbra a las cámaras,
se acostumbra a las felicitaciones y, cuando llega la posibilidad de tener que
marcharse, descubre súbitamente que la política es una vocación de toda la
vida.
Qué coincidencia tan conveniente.
Porque cuando alguien sabe que tiene que volver
algún día a su vida anterior, gobierna de otra manera.
·
Puede decir que no.
·
Puede tomar decisiones impopulares.
·
Puede reconocer que se ha equivocado.
·
Puede mandar a paseo a quien corresponda cuando
toca.
·
Y puede escuchar a la oposición sin sufrir un
ataque de ansiedad institucional.
Pero cuando alguien piensa que perder el cargo
equivale a perderlo todo, entonces cambia el asunto.
Ya no gobierna solamente para solucionar
problemas.
Gobierna para sobrevivir políticamente.
Y eso es peligrosísimo.
Porque entonces cada decisión lleva una
calculadora electoral incorporada.
·
¿Esto nos da votos?
·
¿Esto nos quita votos?
·
¿Quién se enfada?
·
¿Quién deja de apoyarnos?
·
¿Quién puede hacernos daño?
·
¿A quién tenemos que llamar?
·
¿A quién conviene no molestar?
Y mientras se hacen todas esas cuentas, el
interés general puede ir tranquilamente esperando en la puerta.
¿QUEREMOS POLÍTICOS QUE VENGAN A
SERVIR AL MUNICIPIO O POLÍTICOS QUE NECESITEN EL MUNICIPIO PARA VIVIR?
La diferencia no es pequeña. Es enorme. Porque
quien viene a servir sabe que un día tendrá que marcharse. Quien necesita el
cargo hará todo lo posible para quedarse.
Y cuando quedarse se convierte en la prioridad,
aparecen los silencios, los favores, las excusas, las fotos, las alianzas
imposibles y esa maravillosa capacidad política para convertir cualquier
fracaso en una “oportunidad de mejora”.
EN VALDEMORILLO TENEMOS UN CATÁLOGO
BASTANTE COMPLETO.
Tenemos a quienes gobiernan y parecen haber
descubierto que el poder tiene una propiedad extraordinaria: cuando uno se
acostumbra a él, empieza a parecer imprescindible.
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