SABER A QUIÉN VOTAMOS
EXIGIR QUE CUMPLA LO QUE PROMETE O PROMETIÓ
En una reunión con antiguos profesores de mi Universidad,
comenzamos hablando de la situación de la universidad pública frente al
crecimiento de la privada en Madrid. La conversación derivó hacia la política
española y hacia una cuestión que considero cada vez más preocupante: hasta qué
punto las diferencias entre los grandes partidos se mantienen realmente cuando
llegan al poder.
El problema, por tanto, no es
únicamente qué ideología gobierna, sino cómo se ejerce el poder y
hasta qué punto existen alternativas realmente diferentes. Si no aparecen
personas y proyectos capaces de ofrecer independencia, seriedad y seguridad,
resulta difícil decidir a quién apoyar en las próximas elecciones.
Esta situación forma parte, a
mi juicio, de una crisis más profunda de la política y de la representación.
Una crisis que resulta especialmente preocupante para quienes vivimos nuestra
juventud en una época en la que defender determinadas ideas podía incluso
llevar a la cárcel. Entonces luchábamos por una democracia en la que la
política estuviera al servicio de los ciudadanos. Hoy existe el riesgo de que
los partidos y quienes los representan se preocupen más por conservar el poder
que por responder a las necesidades reales de la sociedad.
Pero existe otro problema,
quizá aún más importante: la falta de conciencia y de responsabilidad de los
propios ciudadanos: Votar no debería ser un acto rutinario ni una cuestión
de fidelidad a unas siglas. Deberíamos preguntarnos quién es la persona a la
que estamos dando nuestra confianza, qué ha hecho anteriormente, qué
propone y, sobre todo, si existen garantías de que cumplirá aquello que
promete.
No basta con conocer las
promesas electorales. También debemos aprender a exigir su cumplimiento y a
valorar, con espíritu crítico, la actuación de quienes hemos elegido. Por eso
necesitamos recuperar el verdadero sentido de la política: gobernar para los
ciudadanos, rendir cuentas, aceptar la crítica y ofrecer alternativas reales.
La democracia no debería
limitarse a introducir una papeleta en una urna. Debería ser la posibilidad
real de elegir, discrepar, controlar al poder y, llegado el caso,
sustituirlo, después haber vivido una época en la que luchar por la libertad
podía tener un precio muy alto, no deberíamos conformarnos con una democracia
puramente formal.
Quienes ejercen el poder ahora
deben recordar que este no les pertenece. El poder es un mandato temporal
que los ciudadanos les confían. Y nosotros también tenemos una
responsabilidad que no debemos delegar: saber a quién votamos, por qué lo
votamos y exigirle después que cumpla con aquello que ahora promete o que nos
prometió.
Porque la responsabilidad
democrática no termina cuando depositamos nuestra papeleta en la urna. En
realidad, es ahí donde comienza nuestra responsabilidad como ciudadanos.
Sin ciudadanos conscientes,
informados y exigentes, ninguna democracia puede funcionar plenamente.
D, Jesús, la educación se recibe primero en la familia y, después, se va formando a través de la vida, la cultura y las experiencias. No solo sirve para aprender a comportarnos y convivir con los demás, sino también para desarrollar un pensamiento crítico y ser conscientes de nuestras decisiones. Esto es especialmente importante a la hora de votar, porque la educación nos ayuda a informarnos, conocer las propuestas de los diferentes partidos y no dejarnos llevar únicamente por lo que dicen los demás o por lo que vemos en redes sociales. De esta manera, podemos decidir con criterio a quién votar y entender las consecuencias que pueden tener nuestras decisiones para nosotros y para la sociedad. Por eso, estar bien educado e informado también significa participar de forma responsable en la vida democrática.
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