Cuarto capitulo

LO PÚBLICO TAMBIÉN ES NUESTRO

Hay una reacción que todos conocemos. Cuando se avería el frigorífico, la lavadora o la caldera de nuestra casa, enseguida hacemos números. Pensamos en cuánto costará la reparación o si tendremos que sustituir el aparato. Nos preocupa porque sabemos que ese dinero saldrá de nuestro bolsillo.

Sin embargo, cuando se rompe una farola, se levanta una acera, un parque se deteriora o una instalación municipal permanece abandonada durante meses, la reacción suele ser muy distinta. Lo vemos como un problema del Ayuntamiento. Como si no fuera con nosotros.

Y ahí está el error.

Todo lo que pertenece al municipio también nos pertenece a los vecinos. Se ha construido y se mantiene con el dinero de nuestros impuestos. Cada banco, cada árbol, cada metro de acera, cada edificio público y cada servicio municipal representan el esfuerzo económico de todos los ciudadanos.

Cuando esos bienes se deterioran por abandono, por falta de mantenimiento o por una mala gestión, no es el Ayuntamiento quien paga la factura. La pagamos todos nosotros.

Quizá esta sea una de las razones por las que durante demasiado tiempo hemos tolerado con resignación el despilfarro o incluso la corrupción. Cuando pensamos que lo público no es nuestro, dejamos de vigilar cómo se administra. En cambio, nadie permitiría que un administrador gestionara su patrimonio privado sin pedirle cuentas.

Esa misma exigencia debería aplicarse a la gestión municipal.

En estos momentos, Valdemorillo afronta una decisión de enorme trascendencia: la elaboración de un nuevo Plan General de Ordenación Urbana (PGOU). No es un asunto reservado a técnicos, arquitectos o políticos. Nos afecta a todos.

El PGOU decidirá cómo crecerá nuestro pueblo durante las próximas décadas, dónde podrán construirse viviendas, qué espacios naturales se protegerán, cómo será la movilidad, dónde irán los equipamientos públicos y qué modelo de pueblo heredarán nuestros hijos y nietos.

Cada vecino puede tener una visión distinta. Es normal y enriquecedor. Lo importante es participar, informarse y expresar nuestra opinión con argumentos. Permanecer en silencio significa dejar que otros decidan por nosotros.

Una democracia no se fortalece únicamente votando cada cuatro años. También se fortalece cuando los ciudadanos cuidamos el patrimonio común, exigen transparencia, fiscalizan la gestión pública y participan en las decisiones que afectan a su futuro.

VALDEMORILLO NO ES DEL AYUNTAMIENTO. VALDEMORILLO ES DE SUS VECINOS.

Y el patrimonio común merece el mismo cuidado, la misma vigilancia y el mismo respeto que dedicamos a nuestra propia casa.

Porque, al final, la diferencia entre un pueblo que despierta y otro que permanece indiferente no la marcan sus gobernantes, sino la conciencia de sus ciudadanos.

 

Comentarios

  1. F. Rodriguez de Rivera y Pico de Coaña28 de junio de 2026 a las 17:41

    Profesor y compañero, Sr. González:
    Los últimos doce años de mi vida docente los pasé en la Universidad de Lovaina. Al regresar a España, ya jubilado, comprobé con tristeza el enorme contraste en el respeto por lo público. No se trata solo de una cuestión de recursos, sino, sobre todo, de educación y civismo.
    Resulta lamentable que muchos ciudadanos saquen a pasear a sus perros y abandonen sus excrementos en las aceras, arrojen colillas, papeles o cualquier otro desperdicio al suelo con absoluta naturalidad, como si las calles fueran un vertedero y limpiar fuera una obligación exclusiva de los servicios municipales. Esos servicios los pagamos entre todos, pero eso no exime a nadie de comportarse con responsabilidad.
    Lo más preocupante es la indiferencia general. Quienes presencian estas conductas suelen mirar hacia otro lado. Nadie llama la atención al incívico por miedo, comodidad o simple desinterés. Ese silencio acaba convirtiéndose en una forma de complicidad.
    Una sociedad no se mide únicamente por su riqueza o por la calidad de sus infraestructuras, sino por el respeto que sus ciudadanos muestran hacia los bienes comunes. Mientras sigamos considerando que lo público no es de nadie, sino del Ayuntamiento o del Estado, seguiremos degradando nuestro entorno y dando un ejemplo deplorable a las nuevas generaciones.
    Es hora de dejar de justificar estas conductas y empezar a exigir responsabilidades. El civismo no consiste en esperar que otros limpien lo que ensuciamos, sino en actuar con el respeto y la educación que toda convivencia exige.

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  2. Profesor Rodríguez de Rivera:

    La educación cívica se mama en el entorno familiar y, en España, no hemos sabido transmitirla suficientemente. Cuando se sale de nuestro entorno social, esas carencias llaman la atención.

    La educación y la corrección cívica deberían ser herramientas fundamentales para estimular la conciencia ciudadana. Asimismo, los poderes públicos deben sancionar aquellas conductas incívicas cuando son reiteradas.

    Lo público no pertenece solo al alcalde o a la Administración; es de todos los ciudadanos que contribuimos con nuestras tasas e impuestos. Del mismo modo, también pagamos los sueldos de funcionarios y políticos, por lo que es legítimo exigirles que cumplan adecuadamente con sus responsabilidades.

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