LA DISTORSIÓN DEL SERVICIO PÚBLICO EN VALDEMORILLO
La política
municipal debería ser el nivel más puro del servicio público: el más cercano,
el más tangible, el que resuelve los problemas concretos a vecinos. Sin
embargo, en Valdemorillo esa idea parece cada vez más desdibujada, sustituida
por dinámicas que generan desconfianza y sospecha.
La cuestión no es únicamente si existen o no irregularidades concretas, algo que deben determinar los tribunales, sino la percepción que se genera en la ciudadanía. Y esa percepción es devastadora: la de una política local convertida en un espacio opaco, donde las responsabilidades se diluyen y los cargos se blindan.
Valdemorillo
no es un caso aislado, pero sí un ejemplo claro de cómo la falta de
transparencia, los conflictos internos y la ausencia de explicaciones alimentan
el desapego ciudadano. Cuando los vecinos no saben exactamente qué hacen sus
concejales, o perciben que algunas funciones son difusas o innecesarias, surge
una pregunta inevitable: ¿se está trabajando realmente para el interés
general?
Recuperar la
esencia del servicio público exige algo más que declaraciones. Requiere transparencia
real, funciones definidas, evaluación de resultados y, sobre todo, una cultura
política basada en la responsabilidad. Cada euro público debe estar
justificado por un trabajo útil. Cada cargo, por una necesidad real.
La política
municipal, que debería ser la más cercana al ciudadano, se ve empañada por
prácticas que erosionan la confianza pública. Una de las más indignantes es la
de aquellos concejales y concejalas que, en lugar de desempeñar funciones
claras y útiles para la comunidad, parecen inventarse responsabilidades con el
único fin de justificar un sueldo.
No se trata
solo de una cuestión económica, aunque el uso de dinero público ya sería motivo
suficiente de preocupación. El problema es más profundo: hablamos de una
distorsión del sentido mismo del servicio público. Un cargo electo no
debería buscar acomodo personal ni crear estructuras artificiales para
mantenerse en nómina; su razón de ser es responder a necesidades reales,
con funciones transparentes y evaluables.
Cuando un
concejal carece de tareas definidas o se le asignan proyectos vagos, difíciles
de medir o directamente irrelevantes, el mensaje que se envía a la ciudadanía
es demoledor. Se normaliza la idea de que la política es un espacio de
privilegios más que de responsabilidad, y eso alimenta el desapego, la
desconfianza y, en última instancia, el deterioro democrático.
Frente a
esto, la exigencia de transparencia y rendición de cuentas no es opcional, sino
imprescindible. El ayuntamiento debe detallar con claridad qué hace cada cargo
y lo que cobra por ello, cuáles son sus objetivos y qué resultados obtiene. Y
la ciudadanía, por su parte, tiene el derecho y la responsabilidad de exigir
explicaciones cuando esas funciones no están claras.
Porque cada sueldo público debe estar respaldado por un trabajo
real y útil. Y cuando eso no ocurre, no estamos ante una simple
ineficiencia, sino ante una falta de respeto hacia quienes sostienen el sistema
con sus impuestos.
Jesús González Martin
Profesor jubilado de la UPM

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