TÍTULO: CUANDO LA CRÍTICA SE CONVIERTE
EN INCONVENIENTE
Hace aproximadamente un año propuse a la Concejala de Cultura, en mi
condición de profesor jubilado de Construcciones Arquitectónicas de la
Universidad Politécnica de Madrid, impartir una conferencia sobre la
Arquitectura Popular del Pueblo. La idea, conviene admitirlo, contenía ya un
cierto grado de temeridad: hablar de arquitectura suele derivar, casi sin
querer, en hablar de decisiones; y de ahí,... con excesiva facilidad, en rozar
el territorio de la política municipal. Un terreno que, como es sabido, exige
calzado adecuado.
El episodio tiene un valor casi didáctico.
Ilustra hasta qué punto hemos alcanzado una forma avanzada de gestión de la
discrepancia en la que la censura ha dejado de ser necesaria. Hoy basta con
anticiparse: No se prohíbe: se previene. No se niega: se enfría. No se discute:
se diluye…El resultado, desde el punto de vista formal, es irreprochable.
En el plano teórico, la crítica continúa
siendo un pilar de la vida democrática. En el plano práctico, empieza a
administrarse como un pequeño inconveniente de programación: algo que, sin ser
improcedente, resulta aconsejable no incorporar: por prudencia, por oportunidad,
por tranquilidad.
Se diría que hemos perfeccionado un modelo de
convivencia en el que el debate cede su lugar a la armonía, la discrepancia a
la cortesía y la reflexión a una cuidadosa política de no incomodar. Todo ello
con una elegancia que merece, sin duda, reconocimiento institucional. El
espacio público así configurado alcanza una notable perfección: nada desentona,
nada perturba, nada obliga a revisar nada. Una calma ejemplar. Una calma,
incluso, admirable.
En este contexto, la figura del profesor
jubilado introduce una anomalía difícil de gestionar. Alguien que, desprovisto
ya de ciertas cautelas funcionales, podría permitirse el lujo innecesario, por
otra parte, de decir lo que piensa…, y ya se sabe que el pensamiento, cuando no
se somete a supervisión preventiva, tiende a generar fricciones. Porque la
crítica adolece de un defecto estructural: no garantiza la confirmación de lo
existente. Muy al contrario, introduce incertidumbre. Y la incertidumbre, como
bien conocen quienes administran lo público, rara vez forma parte de los
objetivos deseables.
Lo verdaderamente revelador, sin embargo, no
es que una conferencia no llegue a celebrarse. Lo verdaderamente revelador es
la naturalidad con la que su ausencia se integra en el paisaje. No hay
protesta, ni vacío, ni siquiera curiosidad. Solo una leve sensación de orden
restablecido, porque hemos aprendido, al parecer, a convivir con un espacio
público donde todo está permitido… salvo aquello que, sin estar prohibido,
resulta inconveniente. Y esa categoría, lo inconveniente, posee una virtud
indiscutible: no requiere definición, ni justificación, ni debate…Basta con
reconocerla.
Al final, la cuestión no es si una conferencia
debe o no celebrarse. La cuestión es otra, menos visible y bastante más
incómoda: si seguimos considerando la crítica como un instrumento útil o si,
por el contrario, hemos decidido relegarla al ámbito de lo innecesario.
Porque, en ese caso, el problema ya no será la
crítica: Será, simplemente, que hemos aprendido a vivir sin ella.
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