EL VOTO, ENTRE LA FE Y LA RESPONSABILIDAD
CÍVICA
Precisamente por ello, sorprende la dificultad para trasladar ese
mensaje al ámbito de la vida pública, y en particular al momento de ejercer el
voto. Muchos creyentes se preguntan ¿qué opción política deberían elegir para
ser fieles a su fe? Sin embargo, plantear la cuestión en esos términos puede
llevar a un error de partida: los Evangelios no proponen un modelo político concreto ni señalan una
ideología determinada como la correcta. Lo que ofrecen es algo más exigente: un
conjunto de criterios morales que obligan a un discernimiento personal serio.
Los discípulos de Jesús dejaron testimonio de que no deben existir
diferencias por razón de raza, condición social o procedencia (Mt 22, 39. Lc 10, 25-37… ente otros) aparece el
mandamiento: “Amarás
a tu prójimo como a ti mismo”. La clave está en que Jesús no limita quién es ese “prójimo”,
y que la dignidad de toda persona es incuestionable. Asimismo, la atención a
los más vulnerables no aparece como una opción secundaria, sino como un eje central
del mensaje cristiano.
A la luz de estos principios, el creyente no debería buscar un
partido político que se identifique superficialmente con símbolos religiosos,
sino analizar con rigor qué propuestas políticas respetan y promueven de
manera efectiva la dignidad humana, la justicia social y la inclusión (en
los Evangelios, la dignidad no se formula como teoría, sino como práctica constante: Mc
2, 15-17).
Cualquier
proyecto que fomente la exclusión, el rechazo al diferente o la indiferencia
ante el sufrimiento ajeno difícilmente puede reconciliarse con el núcleo del
mensaje evangélico. Ahora bien, reconocer estos criterios no implica que exista
una única respuesta electoral. Personas igualmente comprometidas con su fe
pueden llegar a decisiones distintas, en función de cómo interpreten los medios
más adecuados para alcanzar esos fines. La legítima diversidad de opciones no
elimina, sin embargo, la obligación de examinar cada propuesta con espíritu
crítico y con honestidad intelectual.
Existe además un riesgo que no conviene ignorar: el de
instrumentalizar la fe para justificar posiciones previas o intereses
ideológicos. Cuando esto ocurre, no es el Evangelio el que ilumina la decisión
política, sino la política la que distorsiona el sentido del Evangelio. Esa
inversión es, en sí misma, una forma de incoherencia.En última instancia, el
voto de un creyente comprometido no debería ser automático ni identitario, sino
reflexivo y responsable. Elegir implica asumir las consecuencias y preguntarse,
con sinceridad, si la opción adoptada contribuye a construir una sociedad más
justa, más humana y acorde con ese mandato esencial de los Evangelios: reconocer
al otro como igual y actuar siempre desde la caridad. Ya que solo desde esa
exigencia interior puede hablarse de un compromiso auténtico, en el que la fe
no se reduce al ámbito privado, sino que se proyecta con coherencia en la vida
pública.
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